Ojos que no ven
(Of sight)
Al Boardman
Las cosas cambian en la oscuridad, especialmente cuando se está solo, se desprenden los cerrojos de la caja de la imaginación y todas las cosas pueden salir volando completamente libres. S.K.
Dicen que los animales huelen y ven el miedo.
Que pueden presentir catástrofes y fenómenos naturales antes de que sucedan.
Dicen además que, los animales pueden ver fantasmas.
¿Qué hay de más en el ojo, en el oído de los perros?
¿Que ven ellos que nosotros no… quizá porque no queramos verlo.
Gruñen y ladran ¿En defensa? O ¿Por coraje y miedo?
No se ustedes, pero las cosas pueden verse muy distintas en la quietud de la noche. En la soledad de la oscuridad cuando a las tres de la madrugada nos despierta el rumor constante de un gruñido, de un ladrido bajito pero doliente en el que reconocemos el miedo de nuestro perro.
Nos levantamos y estupidamente sin prender la luz (quizás por el absurdo temor de encontrarnos descubiertos a no se quien) nos encaminamos a observar disimuladamente sin apartar la cortina de la ventana, que es lo que merodea por fuera de nuestra casa.
Aguzamos el oído para detectar cualquier sonido extraño, diferente.
Logramos separar los gruñidos familiares de nuestro vigilante canino y nos quedamos quietecitos, petrificados tratando de escuchar, de ver.
Y nada.
Los ladridos cesan y somnolientos regresamos a la cama.
Entresueños escuchamos movimiento, arañazos y un pronunciado masticar.
Nos decimos a nosotros mismos que es el aire, que no hay nada. Con tanto ladrido le dio hambre al perro y está echándose una merienda de media noche. No te sugestiones y duerme que mañana hay que trabajar.
Por la mañana despertamos sin recordar apenas nuestra excursión nocturna en busca de monstruos.
Y al salir nos resulta extraño no encontrar a nuestro perro, le llamamos, le silbamos y nada.
Tan sólo una bola de pelo canino da vueltas en el patio como maroma fantasma de un spaguetti western.
Y del perro nada.
Le silbas, le siseas, le chistas… y nada.
Deberíamos haber escuchado sus ladridos de súplica y haberlo dejado entrar en casa.
Quizá brinco la puerta, salió y se perdió, ya regresará. Eso nos gustaría creer.
Pero esa bola de pelo rojinegra y pegajosa que da macabros tumbos en el patio trasero nos pone a pensar que tal vez no regresará y que su único pecado fue ver, oler y sentir lo que nosotros no pudimos.
Que bueno que nosotros no podemos ver fantasmas, monstruos, duendes o lo que sea.
Ojos que no ven… monstruo que no come… ¿Quizá?
jueves, 18 de marzo de 2010
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